viernes, 30 de enero de 2015

FR

Llaman. F se ha ido. Ducha, ropa, correr. Al llegar al hospital no hay nada que hacer, sólo conocidos llorando.

Es verdad. Se ha ido.


¡Qué injusta es esta vida!, 24 años…  ¿quién muere repentinamente a esa edad, a la salida del hospital?. Lo sé, es una posibilidad, es parte de lo que hemos aprendido en la carrera. Pero es raro. Nada traerá paz. El corazón se desborda de experiencias comunes, de alegrías y tristezas que vivimos juntos, de la injusticia de que se haya ido tan cerca de la meta, sin poder saborear el triunfo, tras tanto esfuerzo.

Al día siguiente, llegamos al velatorio. Cuando abren la sala entramos juntos con R. Pasamos juntos, nos acercamos. Los dos junto al féretro. Nos abrazamos al verlo, las lágrimas corren. Salimos. Hablamos largo y tendido. Por primera vez sentimos que podemos morir en cualquier momento. Junto a unas cervezas, hablamos de la muerte. Él es enfático:
-        
-  Si yo me muero, no quiero que se sufra, no quiero iglesias ni rezos. Quiero chelas y carrete.


Escucho, la muerte es tan lejana, aunque la vemos todo el tiempo. En ese momento la vemos  cerca.  Aún así pensamos que no llegará. 

Tarde junto a vecinos estimados. Vamos a la U a ver una obra de teatro. Estando en eso suena el teléfono. Es un amigo de la Universidad. Malas noticias, le han comentado que R se fue.

El silencio  repleta. Pienso en F, en ese momento en que ambos nos enfrentamos al clóset y al miedo. Pienso en F y me traslado a los primeros años de universidad, que tenían sus propios problemas que ya no son parte de la realidad. Pienso en F, y en ese día en que lo vi por última vez, en el féretro. Pienso en ese instante, y que al lado mío estaba R, conteniendo mi tristeza e impotencia cuando la muerte decidió llevarlo repentinamente a los 24 años.


Luego pienso en R. Pienso en ese amigo en que podía confiar, pienso nueve años de universidad. Pienso en sus raras historias locas, en todo lo vivido. Es imposible recordar eso sin pensar en esa última vez que lo vi y que tomé sus manos, que ya estaban frías y tuve certeza que sería la última vez que estaríamos frente a frente, aunque él ya no estaba. Pienso cuando nos juntábamos a estudiar y terminábamos viendo películas o Tumblr. Cuando salíamos del hospital por una cerveza. Cuando tonteábamos y nos contábamos tanta estupidez que alguna vez hicimos.


Después pienso en la muerte. No hay respuestas.

 ¡Que ganas de poder tener un día más, para compartir con ambos!, que ganas de una última cerveza, de una última canción compartida, de una última noche de estudio, de alguna vez haber dejado de lado mi tranquilidad y haber ido de fiesta con ellos. De un último relato de aventuras increíbles, de compartir un último día juntos de hospital... pero no hay nada. Solo silencio.


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