— Doctora, venga. —Andrea se veía algo preocupada. Durante días había estado viendo cómo hablaban de su estado en palabras incomprensibles. Venían médicos, la examinaban y comentaban entre ellos.
— Dígame la verdad. Sé que me voy a morir, sé que tengo cáncer. Tuve cáncer de mama hace veinte años. Me hospitalicé acá mismo, salió todo bien. Por eso vine ahora de nuevo. Creo que me volvió el cáncer y sólo quiero saber cuánto voy a vivir, para estar lista. —Alejandra titubea un poco. Por un lado, siente un gusto dulce en su estómago cada vez que le dicen doctora. Aún no lo es. Lo será en unos meses. Por otro, el trago amargo de entregar malas noticias. Además, no es ella quien está a cargo, no es ella quien debiera decirlo. Aún no hay certeza del diagnóstico, aunque es obvio. Los exámenes lo indican, sólo falta la biospia. La tenía ahora, pero se suspendió. Entonces, toma una silla y se acerca a la cama de Andrea. Se sienta cerca, para poder hablar en privado, aun estando rodeada de otras siete pacientes. Toma un poco de aire, y lo dice: — Sí, va a morir, pero todavía no. Posiblemente este año. Aún hay que ver qué es ese tumor y si existen alternativas de tratamiento.
— ¿Y por qué no me decían nada?— Andrea le dice, con molestia— Yo quiero estar en mi casa, quiero morir con mi familia. Cuidé a mis padres hasta el final, y quiero darle a mi hija la paz de vivir eso conmigo. Yo vi como mis papás iban hacia abajo, pero nunca les dije nada, ninguno de los dos supo que tenía cáncer hasta morir. Eran viejos fuertes. Mi papá estuvo caminando hasta un par de minutos antes de morir. De repente, se sentó y murió. — Muestra algo de satisfacción mientras habla— Cuando ellos murieron yo estuve en paz, porque vivieron con dignidad. Cuando yo muera, quiero que me entierren con ellos, en Laja. Para mi mamá eso era algo muy importante. Ella me hizo jurar que me sepultarían en la tumba familiar, con ella, en el cementerio católico. Le juré a mi madre que siempre sería católica.
Alejandra se dio cuenta que la conversación daba para largo. Andrea quería hablar de su vida. Así que se relajó un poco, y se dispuso a eso. Pensó cómo seguir el hilo de la conversación. —Entonces, Usted es bien católica. —Interrumpe a Andrea, para mostrarle interés— Me imagino que hasta habrá hecho mandas en Yumbel, a San Sebastián. Conozco mucha gente ni siquiera es devota y lo hace en momentos difíciles.
Andrea se ríe…
— No, ¡yo no creo en esas leseras!, esas cosas fantasiosas son para la gente de carácter débil. Yo siempre supe que el cáncer iba a volver. Mi médico de esa época me dijo que era muy probable, que algún día ocurriría. Yo sólo me dediqué a esperar sana. Allá hay una machi que me ha enseñado muchas cosas para las defensas, La machi tiene 95 años y vive en una ruca. Es fuerte como un roble y nunca ha ido a un hospital. Yo creo en esa sabiduría ancestral. De hecho me traje algunas hierbas, y las tomo acá. Además me he mantenido en forma—Dice mientras muestra la firmeza de sus brazos, a pesar que han pasado seis décadas y un cáncer por ella— Hice natación hasta principio de año, supiera usted todo lo que podía nadar, a pesar de mi edad. Y ahora, apenas puedo andar sola, porque me canso. Apenas puedo llegar hasta el baño. Es increíble lo rápido que ha ido todo esto. Me gustaría volver una vez más ahí, he disfrutado mucho este tiempo, porque sabía que se acabaría pronto. ¿Le conté que mi madre murió de cáncer de mama?, mis dos tías también, y mi abuela. Sólo era cosa de tiempo, siempre vuelve. Sólo no quiero que mi hija sepa el diagnóstico, porque es una mujer débil, sé que se va a derrumbar. Por eso le dije que se fuera a laja de vuelta, no la quiero acá, y yo quiero irme de alta y estar con ella. A esta hora, debe ir viajando.
— ¿Por qué cree que es débil?, ella debería saber lo que pasa, así como usted supo cuando estaban enfermos sus padres.
— Ella es débil, imagínese que se hizo canuta. Por eso anda así, con el pelo largo y la falda. Yo la enseñé con carácter, con mi ex marido la educamos para que fuera lo que ella quisiera. Y ahí está, llena de hijos, metida en la Iglesia.
— Bueno, pero cada quien escoge su destino, eso es lo que ella eligió, quizás cubre algo que ella necesita. Hay mucha gente que necesita creer en algo, sentir que dios los acompaña en su debilidad. Quizás esa misma fe la ayude a seguir adelante cuando usted ya no esté. A todo esto, y como usted dice que ha estado mucho tiempo pensando en la muerte, ¿qué cree usted que hay al otro lado?
— Nada, somos lo que somos hasta que se acaba. Cumplimos ciclos, nada más. Las otras cosas la gente se las inventa porque le da miedo lo que viene. Yo me siento lista, en estos años hice lo que quería, antes de que esto volviera. Sólo me preocupa una cosa, ¿cómo será el final? No me gustaría andar con pañales, ni que me tuvieran que lavar el poto. Si es así espero que sea rápido, nunca he dependido de nadie y no quiero que sea ahora el momento. No quiero llegar a eso. Imagínese que cuando me separé de mi esposo era joven, y era otra época. Y no le pedí ni un peso más, yo no necesitaba sus limosnas. Me dediqué a trabajar, nunca me faltó ni a mí ni a mi hija. Me molesta que con el ejemplo que le di haya salido sumisa. Al menos ha tenido suerte y le ha tocado una buena vida. Tiene cuatro hijos preciosos. Yo después de tenerla a ella no quise tener más hijos, me sentí culpable de pensar que había traído una niña al mundo a que se muera de cáncer. Y eso que aún no me daba a mí. Tiene dos niñas preciosas, las que vinieron ayer, ¿se acuerda? Trato de no pensar que ellas quizás también tengan cáncer en el futuro, porque para entonces ya voy a estar muerta— Tras una pausa, su tono cambia— Doctora, ya que se suspendió mi biopsia, ¿puedo comer algo?
— Por supuesto. ¿Tiene algo para comer acá?
— Sí, tengo mi pan integral, mermelada y leche. Andrea abre su velador y comienza a prepararse su sándwich. Mientras tanto, Alejandra comienza a ponerse de pie y levantar la silla.
— Aprovechando que usted está comiendo, voy a seguir con las cosas que tengo pendientes. Fue un gusto conversar con usted, de verdad.
Alejandra sale de la sala y se sienta con las fichas clínicas. Comienza a escribir. Viene un especialista a conversar de otra paciente y Alejandra se distrae por unos minutos. Luego sigue escribiendo. De repente, llega el enfermero corriendo, y le dice que venga rápido, que algo pasa. Alejandra entra a la sala y ve a Andrea, en la cama dos, sentada, con su cara amoratada, esforzándose por respirar. Se acerca, y ya está inconsciente. Intenta despertarla y es imposible. Entonces toca el timbre de paro. Entran todos, se instala monitor, la intuban, traen el desfibrilador. Se le pasan drogas. Sin respuesta, sin respuesta, sin respuesta. Alejandra mira el velador, y ve el sándwich de mermelada a medio comer, y el vaso a medio servir. Aún piensa en lo que acaban de hablar. Aún la ve ahí hablando, y Andrea sigue sin respuesta. Fallece a las 12:15 horas. Se llevan las cosas, Alejandra rellena las recetas mientras intenta mantener los pies en el suelo. Quiere correr. Todos se van. Las otras pacientes miran mientras lloran. Alejandra se acerca una vez más. Ahí está Andrea, con las pupilas gigantes, sin movimientos respiratorios, con la cara morada y la mandíbula relajada. Le cierra los ojos. Le dice adiós, y cubre su cabeza con la sábana. Se la llevan.
A Alejandra le tiemblan las manos, un poco. Se siente repleta de una nueva experiencia. En su mente agradece a Andrea por ese regalo, mientras sigue diciendo Adiós. Sabe que no está allí, tampoco cree que haya algo más. No importa.
Uhm, que fuerte!...así no más..."no somos nada.." pooota que es cierto...Bella historia. sin duda.
ResponderBorrarAnda la osa... Brígida historia...!!
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