miércoles, 11 de septiembre de 2019

¿Cómo estuvo tu día en el trabajo, amor?


Eso fue todo lo que necesitó decir.

Había tenido un buen día, y recién cruzada la puerta, ya me sacaba la ropa de hospital. 
Así fue siempre la costumbre: al llegar a casa, sacarme la ropa y con ella la carga del día, sin embargo, ahora era diferente.
Sólo llevábamos unas semanas juntas, desde que se concretó la transición de una larga amistad, al amor; y, por primera vez, sentía en este contexto la confianza de sacar de mis hombros la responsabilidad de ser fuerte.


Bien, súper - Le respondí, mientras lágrimas caían desde mis ojos.

Ella se acercó hasta mí, y mirándome fijamente, cambió la pregunta:
- ¿Estás bien, amor?
- Sí, sólo que hoy me pasó algo hermoso.


La siguiente media hora trató de retazos del día, que nada tenían de tragedia, pequeños relatos de amor y fortaleza que se desprendían de las atenciones de personas ya conocidas, pacientes con nombre, apellido e historia más que sabida.



Mientras tanto ella, con mucha ternura, me miraba, yo seguía y seguía llorando, sin contenerme. 

Treinta años llevaba armando y perfeccionando la muralla de sarcasmo que envolvía mi emotividad, y ahora, resulta que estaba reducida a nada. Ya no sólo era llorar, sino también conocer el color de distintas lágrimas: gratitud, alegría, amor, complicidad, admiración, esperanza.


Perdón - le dije- No debería estar llorando, nunca me pasa esto.



Puedes llorar cuando quieras, y puedes contar lo que quieras - Respondió. 



Las siguientes horas trataron de relatos hermosos, ajenos y propios, que nunca tuve (según yo) derecho de sentir, ni menos de compartir así. 

Mientras hablaba, reía y lloraba, ella lo hacía también, conmigo. Esa sería la primera vez de muchas, lo supe. 
Nunca pude abrirme así, nunca me permití la emoción y ahora parecía sencillo.


No sé bien por qué, pero antes, creí que al compartir las emociones y los sentimientos, se cedía la dignidad. Mejor era limitarse a los hechos y adornarlos con algo de humor, aunque dolieran. Siempre fue más digna la ansiedad y la cefalea que llorar. Siempre pensé que el mundo me miraría con desprecio si veía caer mis lágrimas. Y, como si de un dique se tratara, siempre que sobrepasaron mi capacidad de contenerlas, fueron amargas, inoportunas y desmedidas.



Ahora era diferente y también lo era para ella. 

Habían, en lo connotativo, muchos más lugares para desarropar, además del cuerpo. Lugares que aún descubro para poder desvestir.
Y en el río dulce de sus lágrimas y las mías se enjuga toda una vida de no demostrar.





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